Apartarse. Verbos ignacianos para los buscadores espirituales
- Juan Francisco Rodríguez Cortés

- hace 21 horas
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El buscador de Dios necesita apartarse. Tomar distancia de todo, alejarse y detenerse por un tiempo. A Dios se le conoce en la soledad y en el silencio.
Ignacio de Loyola, que mucho sabía de estas cosas, lo prescribió de forma clara en sus Ejercicios Espirituales: “Tanto más se aprovechará, cuanto más se aparte de amigos y conocidos y de cualquier solicitud terrena”.
Necesitamos soledad y para ello es preciso una distancia saludable de las cosas que nos ocupan en el día a día: las personas que amamos y las tareas cotidianas. Esta distancia nos ayuda a ganar perspectiva sobre lo que está aconteciendo en nuestra vida; nos permite diferenciar lo importante de lo que no lo es. Sin alejarnos y retirarnos, corremos el riesgo de quedar confundidos y perdidos en la vorágine de exterioridad a la que nos invita este mundo sobreestimulado.

El desierto como escuela espiritual
Jesús mucho enseñó a sus discípulos sobre esto. Él mismo, después de la intensa experiencia que tuvo con Juan en las aguas del Jordán, buscó la soledad en el desierto, donde permaneció cuarenta días ayunando y orando. En muchas otras ocasiones, sus discípulos lo vieron apartarse —aun después de jornadas agotadoras— para buscar el refugio de la soledad en un lugar retirado.
Incluso, en un par de ocasiones, invitó a unos pocos —Pedro, Santiago y Juan— a compartir estos espacios, como en el monte de la Transfiguración o, en el momento más difícil de su vida, en el huerto de Getsemaní.
La historia de la espiritualidad está marcada por este movimiento de retirada:
Moisés se encontró con Dios en la zarza mientras pastoreaba en soledad las desérticas laderas del Horeb.
Elías fue confirmado por Dios en la quietud de la cueva de esa misma montaña.
Pablo pasó tres años en el desierto después de la experiencia luminosa que transformó su vida en el camino a Damasco.
Teresa de Calcuta estaba precisamente "apartándose" hacia sus Ejercicios Espirituales cuando escuchó su "llamado dentro del llamado".
Quien busca a Dios, tarde o temprano, deberá conocerse en la soledad y el silencio.
El miedo a estar a solas
El filósofo Blaise Pascal decía que la mayor desgracia de los humanos es que no sabemos permanecer solos, en una habitación, por una hora (hoy habría que añadir: sin una pantalla). Él mismo, en la soledad de su habitación la noche del 23 de noviembre de 1654, tuvo una experiencia honda y profunda del Misterio, dejando escrito en su memorial: “FUEGO. Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no el de los filósofos y de los sabios. Certeza. Sentimiento. Alegría. Paz”.
Con razón se lamentaba Pascal de que muchos temen a la soledad y huyen de ella. Sin embargo, la soledad y el silencio esconden tesoros inimaginables. Son una fuente inagotable de bondad, amor y paz. San Pablo lo expresó en estas palabras: “lo que nadie ha visto, oído ni se ha imaginado” (1Co, 2, 9). Tememos estar con nosotros mismos, pero en realidad no hay nada que temer: en el fondo de nuestro interior, a quien encontramos es a Dios. Encontrándonos con Él, nos encontraremos finalmente con nosotros mismos.
Resulta una verdadera lástima ser invitados a este banquete y no asistir. Ya lo advirtió Jesús en la parábola de los invitados que excusaban su ausencia por estar atrapados en sus negocios: “He comprado una hacienda…”, “He comprado cinco yuntas de bueyes…”, “Acabo de casarme y no puedo ir”.
Los tres provechos de tomar distancia
Ignacio de Loyola experimentó profundamente el valor del retiro. Gozó de este espacio en Manresa, donde permaneció cerca de un año orando siete horas al día; al menos en otros dos momentos de su vida se retiró por cuarenta días estrictos: antes de su ordenación y para discernir el voto de pobreza de la Compañía de Jesús.
A partir de su experiencia acompañando a otros, Ignacio sintetizó tres beneficios principales de tomar distancia para atender nuestra sed espiritual:
1. Ordenar los afectos y reenfocar la mirada
El primer provecho es que alejarse de todo para servir y alabar a Dios no es poca cosa delante de sus ojos. Cuando tomamos la opción de apartarnos, vivimos de manera muy literal el primer mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón...” (Dt 6,5). Dios valora lo que significa alejarnos temporalmente de quienes amamos para estar a solas con Él.
Cuando Dios ocupa su lugar en nuestro corazón, todo lo demás encaja. Alejarnos nos devuelve la cordura de reconocer que no somos indispensables; podemos faltar un tiempo y el mundo continuará su curso.
Esto es vital para las relaciones afectivas. La distancia temporal salvaguarda al corazón de las fuerzas invisibles del apego. Además, el beneficio se hace extensivo al entorno: fortalece la vida de pareja y las relaciones familiares. Ganan todos. Ganan quienes se quedan por la bondad que el otro traerá a su regreso, pero también por lo que ocurre en la ausencia: alternar las cargas regala empatía, y disfrutar el tiempo a solas refresca el corazón.
2. Pasar de la dispersión al recogimiento
El segundo provecho es dejar de estar en distintas tareas a la vez para dedicarnos a una sola cosa. Esto nos libera para buscar a Dios con todo nuestro ser. La dispersión nos adormece y nos esclaviza. Sabiamente lo decía Facundo Cabral: “No estás deprimido, estás distraído”. Nuestra gran tragedia es la ausencia: estar ausentes de nuestra propia vida a causa del desorden mental.
En tiempos de Ignacio, bastaba con mudarse de casa para tomar distancia. Hoy, en el océano de pantallas, mensajes y notificaciones, la distancia exige desconexión digital. Es urgente ayunar de las comunicaciones para sanar la mente y el espíritu. En el uso de los móviles hay patrones obsesivos y automatismos que se activan cada vez que la quietud intenta asomarse, buscando ráfagas de dopamina diseñadas por complejos sistemas de inteligencia artificial.
Vivimos consumiendo contenidos de pocos segundos, volviéndonos incapaces de sostener una atención prolongada. La paradoja es evidente: sin desconexión e interioridad, terminamos desconectándonos del sentido de la vida, de las relaciones significativas y del asombro. El recogimiento, en cambio, nos devuelve la sencilla bondad de lo simple: el descanso, la comida, la naturaleza.
3. Disponer el alma para la gracia
Por último, dirá Ignacio sobre el tercer provecho: “Cuanto más nuestra alma se halla sola y apartada, se hace más apta para acercarse y llegar a su Criador y Señor; y cuanto más así se allega, más se dispone para recibir gracias y dones de su divina y suma bondad” EE. [20].
La soledad nos devuelve la capacidad natural para escuchar en el interior la voz de quien nos espera y nos llama. Quien ha gustado la intimidad espiritual sabe que nada transforma más el corazón que este encuentro.
El cántaro que se decanta
Escuché decir una vez a un jesuita que somos como cántaros llenos de agua en constante movimiento. Cuando nos quedamos quietos, el agua se sigue agitando en el interior por la inercia; pero, pasado un tiempo, el agua también se detiene. Y, una vez quieta, se decanta. Al decantarse, recupera la claridad y descubre su fondo.
Así somos nosotros: cuando dejamos de correr y nos detenemos el tiempo suficiente, empezamos a encontrarnos, a ubicarnos y a conocernos en verdad y profundidad. Se corren los velos y podemos ver.
Por lo tanto, apartarse no se trata de evadir o alienarnos de la realidad. Al contrario: es una distancia sagrada que nos retorna transformados al día a día, en mayor sintonía con el amor, y con mucha más profundidad en nuestros compromisos y opciones.



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