top of page

El camino de la oración contemplativa

Actualizado: 13 abr

En esta entrega compartimos la Colación realizada en febrero de 2026 donde Juan Francisco Rodríguez, director de la Casa de Espiritualidad Villa Claver y de la Fundación Silencio y Espiritualidad nos compartió sobre el itinerario propio de la experiencia contemplativa. Reproducimos a continuación el video de la colación, y ofrecemos un pequeño resumen de su contenido



El silencio es, ante todo, escuchar. Madeleine Delbrêl.

1. El horizonte

Juan Francisco inició su exposición recordando que toda la vida de Jesús se centró en un único anuncio: “el Reino de Dios”. Ese Reino, explicó, es “un horizonte de plenitud que no alcanzamos a imaginar, un tesoro de una riqueza tal que aquel que la encuentra tiene que vender todo lo que tiene para poder conseguir el terreno donde está oculto el tesoro".


El Reino no es una promesa lejana, sino una realidad que “ya está presente y está aconteciendo en el mundo”, aunque de manera humilde, como “una pequeña semilla de mostaza” o “la levadura que fermenta la masa”. En esa paradoja —ya presente pero todavía no consumado— se revela el misterio de la vida espiritual: acoger lo que Dios ya está obrando.


Juan Francisco subrayó que “la vía espiritual es el camino de la receptividad”, un proceso de apertura del corazón para recibir a Dios. Citó el Evangelio de Juan: “nosotros somos un sarmiento”, es decir, una ramita unida a la vid. “La gran ilusión —dijo— es creer que estamos separados de Dios, como si tuviéramos que conquistarlo o adueñarnos de Él, cuando en realidad el más interesado en entregarse es Dios mismo”.


Para expresar esta comunión, introdujo el concepto teológico de perijóresis, usado por los Padres Capadocios para describir la relación trinitaria como una danza de amor: “cada uno se entrega y el otro lo acoge y lo recibe y lo entrega, y ese es el fundamento mismo de las relaciones trinitarias”. La realidad entera —añadió— es “una sinfonía del amor”, una danza cósmica en la que “Dios nos invita a unirnos”.


El Reino, entonces, no se conquista: se acoge. “Estamos invitados a participar en el banquete del amor divino”, explicó, evocando la parábola de las bodas. Pero muchos se excusan porque “están ocupados con sus cosas”. Solo los que tienen las manos vacías pueden entrar: “quien no tiene nada tiene un corazón receptivo para acoger”.


El horizonte de la oración contemplativa es, por tanto, la unión con Dios, la participación en esa danza trinitaria que sostiene el cosmos. “Nuestro corazón ha sido hecho para recibir a Dios”, afirmó. Todo lo demás —el éxito, el dinero, los proyectos— “cae en el fondo sin producir ni siquiera un eco”. La vida espiritual consiste en despertar a esa presencia que ya nos habita y que nos llama a vivir reconciliados con lo real, con nosotros mismos y con Dios.


2. La Contemplación


En la segunda parte, Juan Francisco definió la contemplación como “la posibilidad de hacernos testigos del Reino de los cielos, de hacernos testigos del amor de Dios”. No se trata de una experiencia reservada a unos pocos, sino de una gracia que se ofrece a todos los que se disponen a recibirla.


Recordó que el Evangelio de Juan habla desde el testimonio de quienes “han contemplado su gloria”. Esa contemplación no es solo ver con los ojos, sino “una mirada del corazón, una mirada del espíritu”. Por eso, dijo, “la oración cristiana es un camino de simplificación que empieza con esfuerzo y termina en el silencio”.


Explicó que en los ejercicios de San Ignacio de Loyola se pasa de la meditación —que usa imágenes, textos y razonamientos— a la contemplación para alcanzar amor, donde “desaparecen las mediaciones” y el creyente simplemente contempla la realidad. “Ya no nos imaginamos a Jesús ni de una ni de otra manera, sino que Ignacio nos pone a contemplar la realidad”, señaló, evocando la experiencia del santo en el Cardoner, cuando “vio todas las cosas de una manera nueva”.


La contemplación, añadió, “es un estado de pasividad que simplifica la oración de las palabras al silencio”. Citó el ejemplo de Santa Teresa de Calcuta, quien decía: “yo me siento y escucho a Dios… y Dios está ahí, escuchándome a mí”. En esa reciprocidad silenciosa se revela la comunión más profunda.


“La contemplación —afirmó— no es una meta que se conquista, sino una gracia que se recibe. No es el esfuerzo lo que nos lleva a la contemplación, sino el descanso en Dios”. Por eso invitó a “hacernos nada, vaciarnos, anonadarnos, simplificarnos”, para que el corazón pueda descansar en la quietud divina.


Citó a San Juan Clímaco: “esa perfecta perfección de los perfectos que siempre se perfecciona”, para expresar que la unión con Dios no es un logro estático, sino un proceso inagotable de plenitud. “No es una zanahoria que se aleja —dijo—; hay quienes han vivido en la abundancia de ese tesoro y su vida fue una gran fiesta. San Francisco de Asís fue el hombre más pobre y, sin embargo, el más rico de todos porque era coheredero de todo con Dios”.


3. La práctica

La tercera sección abordó la dimensión concreta de la oración contemplativa. “La práctica —explicó— es la oración que practicamos, la que nos va disponiendo para recibir este tesoro”.


Indicó que no hay un único camino: cada persona debe escuchar lo que el Espíritu le sugiere. “Si lo que practico me da vida, si encuentro a Dios en ello, por ahí es donde debo seguir”, dijo. Pero cuando la oración habitual deja de alimentar, cuando “ya siento que estoy raspando la olla”, puede ser señal de que Dios invita a una mayor simplicidad.


Citó a San Juan de la Cruz, quien hablaba de “una puerta trasera” hacia Dios: el camino de la nada. “Nada, nada, nada”, repitió, recordando que algunos llegan a la contemplación sin haber pasado por largos procesos, movidos por una intuición interior que los llama al silencio.


El siglo XX —añadió— fue un tiempo de renacimiento contemplativo en la Iglesia. Mencionó a Thomas Merton, Thomas Keating, John Main y Franz Jalics como figuras clave que redescubrieron las raíces contemplativas del cristianismo. “Nos reconectaron con nuestras propias tradiciones”, afirmó, destacando que Jalics, jesuita, “enseña una oración en la tradición ignaciana, en el corazón contemplativo de los ejercicios espirituales”.


La práctica, entonces, no consiste en técnicas, sino en disposición interior. “No se trata de hacer muchas cosas, sino de estar”, insistió. El orante se sienta, respira, escucha, deja que el silencio lo transforme. “La oración contemplativa —dijo— nos abre a la oración que somos. Nosotros somos una oración”.


En esa línea, recordó las palabras de San Ignacio: “hemos sido creados para vivir en alabanza, reverencia y servicio”. Pero no se trata de acciones externas, sino de un modo de ser: “la plenitud se da en la alabanza que somos, en la reverencia que vivimos y en el servicio que se da no tanto por lo que hacemos, sino por quiénes somos” .


La práctica contemplativa, por tanto, es una forma de vida. No busca resultados ni experiencias extraordinarias, sino una transformación silenciosa del corazón que aprende a vivir en presencia, en gratitud y en entrega.


4. La transformación

Finalmente, Juan Francisco habló de la transformación que obra Dios en quienes perseveran en el camino del silencio. “En la medida que vamos recorriendo este camino, se va obrando en nosotros un proceso de transformación”, explicó. No es un cambio moral o psicológico, sino ontológico: “terminamos siendo consumidos por aquello que somos, despojados de aquello que no somos”.


Citó a San Pablo: “ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí”, para expresar el fruto último de la oración contemplativa. “Cristo que vive en mí asume una forma única e irrepetible en la carne de cada uno”, dijo. Por eso, “cada santo es distinto: unos curan enfermos, otros viven en cuevas, otros sirven a los pobres. La santidad es nuestra plenitud, nuestra verdadera personalidad, porque lo que somos internamente es Dios”.


La transformación es, en palabras del conferencista, un proceso de divinización: “no la pretensión de ser como Dios, sino despojarnos de lo que no somos para que aquello que es en nosotros —Cristo— viva y resplandezca”.


En ese sentido, la oración contemplativa no busca producir algo, sino revelar lo que ya somos. “Nosotros somos una oración, una alabanza, una reverencia y un servicio”, repitió. La vida entera se convierte en liturgia: “vivir en alabanza es reconocer la bondad y la belleza que se nos da en cada cosa; vivir en reverencia es tomar conciencia de la presencia sagrada de Dios en todo; vivir en servicio es participar en esta danza trinitaria desde el pedacito de mundo que nos ha sido confiado”.


La transformación culmina cuando el corazón se deja “cocinar en el horno del amor de Dios”. Allí el alma muere a todo lo que no es y renace en la plenitud divina. “El horno del corazón de Cristo —dijo— es donde el corazón termina de liberarse de todo, donde termina de morir a todas las cosas”.


El proceso no es lineal ni inmediato. “Salimos corriendo con todas las ganas de lanzarnos al río de Dios, pero quedamos suspendidos, detenidos por los hilitos que nos atan”, confesó. Por eso, la transformación requiere paciencia, humildad y confianza. “Dios nos está esperando a que estemos listos para finalmente creerle y rendirnos en sus manos”.


En esa rendición se cumple el propósito de la oración contemplativa: vivir en unión con Dios, participar de su vida, ser transformados en su amor. “La santidad —concluyó— es nuestra verdadera personalidad. La vida contemplativa es vivir en la alabanza, la reverencia y el servicio que somos”.


*Síntesis elaborada con la ayuda de Zoom A.I. Companion a partir de la transcripción del encuentro.



 
 
 

Comentarios


bottom of page