top of page

Buscar y hallar. Verbos Ignacianos para buscadores espirituales

¿Qué estamos buscando?

Los seres humanos somos buscadores por naturaleza. En nuestro interior resuena profundo un anhelo esencial: deseamos la plenitud. Aunque somos finitos, de alguna forma, estamos heridos por alcanzar lo infinito.



Sin embargo, este anhelo es solo el reflejo de un movimiento mayor: Dios que nos está buscando. Buscamos, sí; pero más importante: estamos siendo buscados. Lo que percibimos como anhelo, lo que nos ha puesto en camino, viene de Dios: es su amor por nosotros el que nos está convocando. Cualquier persona puede confiar en este anhelo, pues quien lo escucha y lo sigue, encontrará en él un hilo divino que guiará su corazón a Dios.


Pasamos la vida entera buscando, aunque la mayor parte del tiempo no sabemos bien qué. Desconociendo la real intención de nuestros actos, vagamos perdidos, como un ciego que solo tiene por lazarillo a sus miedos y a sus deseos. Engañados, creemos que perseguimos un fin noble y razonable, cuando en realidad nuestra fuerza, energía y tiempo han quedado sometidos por la ilusión de fuentes que no tienen cómo saciar nuestra sed.


Aun así, hay otros momentos: chispazos de gracia que nos permiten despertar y gustar algo de la caudalosa fuente de vida a la que estamos siendo invitados. Cuando nos es concedido acercar nuestros labios a este manantial, podemos conocer las verdaderas motivaciones que han guiado nuestros actos; y su bondad nos hace tener por basura todo lo demás que habíamos deseado. Como si cayeran escamas de los ojos que permiten diferenciar lo valioso de lo superfluo; el tesoro, del oropel.


El despertar a la búsqueda

Algunos despiertan a esta búsqueda a causa de experimentar circunstancias límite: la muerte de un ser querido, la enfermedad, las rupturas y los fracasos. Otros, por el contrario, han conseguido lo que buscaban y descubren que, a pesar de esto, su sed no ha sido satisfecha.


Si vivimos en una época en crisis, debemos saber que las crisis tienen su fecundidad espiritual. Ha de ser por ello que muchos hablan de un kairós, de un despertar humano de orden planetario, una nueva era de buscadores espirituales. Personalmente, creo que cada época de la historia ha tenido sus buscadores. Al final, todo el tiempo estamos siendo buscados por quien es Él mismo la fuente y la vida.


La vida espiritual comienza con una pregunta

¿Qué están buscando?Fue la pregunta que lo cambió todo para Andrés, el hermano de Pedro, y para Juan, el hermano de Santiago. Buscadores como eran, estos galileos habían dejado las barcas y las redes en Galilea para estar con Juan el Bautista, un predicador excéntrico que algunos tenían por loco y otros por profeta: vestía pieles de animales y se alimentaba de insectos. Quien busca se lanza a lo desconocido.


Sobre las cuatro de la tarde, ese día dejaron todo nuevamente. Juan el Bautista les indicó el camino y los lanzó detrás de Jesús de Nazaret. Lo siguieron, y él, al percatarse de su presencia, les preguntó: ¿Qué buscan? Una pregunta de gran simpleza y profundidad.


La vida espiritual comienza con una pregunta, porque es un diálogo que no hemos iniciado nosotros, y que nos invita a respondernos.

  • ¿Dónde está tu hermano? Escuchó Caín después de asesinar a Abel.

  • ¿Qué haces aquí? Escuchó Elías en esa brisa suave que tocó su alma.

  • ¿Por qué me persigues? Escuchó Pablo ante esa luz indescriptible que se le presentó en el camino a Damasco. No supo qué responder. Esa sola pregunta cambió para siempre su mirada; fue como quedar ciego para comenzar a ver.


Al final, estas preguntas nos salen al encuentro hoy, y debemos situarnos frente a ellas y responder con honestidad: “Y yo, ¿qué estoy buscando?”


Buscar es un verbo que ocupa un lugar central en la enseñanza de Jesús. En el Sermón de la Montaña encontramos una de sus sentencias más conocidas –y una de las más radicales–: “Busquen primero el Reino de Dios, y todo lo demás se les dará por añadidura”. Según el Maestro, nuestro corazón se puede extraviar por el miedo y las preocupaciones, y relegar como secundario lo que debería ser esencial. Acumulamos tesoros perecederos, y dejamos de buscar a Dios, que tiene para nosotros riquezas sin par. Jesús nos invita a invertir el orden y orientar nuestra vida decisivamente a vivir en la plenitud que Dios la sueña.


La brújula interior e Ignacio de Loyola

Para Ignacio de Loyola, toda nuestra vida espiritual debe estar orientada a buscar y hallar la voluntad divina. Lo que estamos buscando, la voluntad de Dios, no es un mandato exterior ajeno a nosotros que debemos aceptar como una imposición. Por el contrario, cuando hablamos de la voluntad de Dios nos referimos a algo interior: lo más auténtico que somos: amar con el mayor amor en cada circunstancia que la vida nos traiga. Así pues, buscamos adentro y buscamos lo que somos.


Para Ignacio, la expresión “voluntad divina” viene acompañada de dos criterios fundamentales: “la disposición de la vida” y “la salud del alma”.

  1. El primero nos recuerda que, aunque las respuestas, opciones y caminos de otros pueden inspirarnos, no sustituyen nuestro discernimiento: cada uno tiene un lugar único e irremplazable. Somos responsables de discernir lo que las circunstancias demandan de nosotros en cada caso en particular; no hay una respuesta que valga para todo.

  2. La expresión “salud del alma”, que no es otra cosa que la salud que comprende todas las dimensiones de nuestro ser, constata esta verdad fundamental: Dios no quiere para nosotros lo que nos destruye. Así pues, nuestra salud, entendida como una totalidad, es un criterio de discernimiento para saber si estamos obrando según la lógica del amor divino.


Para hallar lo que estamos buscando, es imprescindible escuchar: quien escucha hace silencio interior para acoger. Debemos callar para dejarnos guiar. En este camino no disponemos de un mapa, más aún, debemos ir por donde no conocemos, dice San Juan de la Cruz. Sin embargo, contamos con una brújula. Si le prestamos atención, apuntará en dirección a la luz verdadera, nos hará encontrar la fuente de la que tanto hemos anhelado beber.


Es un proceso que pasa por volvernos livianos, como la semilla de un diente de león que, ante la fuerza de la brisa, es elevada y conducida; esto es lo que significa ser llevado por el Espíritu. Dejarse llevar es lo único que asegura que la búsqueda no sea en vano, sino que, por fin, encontremos.


Bueno es buscar, pero importante es hallar

En la vida espiritual estos dos verbos deben ir juntos: buscar y hallar. De lo contrario, nuestra vida sería como el resignado caminar de un burro que persigue una zanahoria atada sobre su propio lomo: lo que persigue es inalcanzable. Lamentablemente, esa es la imagen que muchas veces se ha transmitido sobre la vida espiritual, poniendo el acento en el esfuerzo del buscador, más que en la alegría de encontrar.


También hay buscadores que terminan perdidos en la superficie de diversos caminos; deambulan de experiencia en experiencia, acumulando vivencias en distintas tradiciones, pero migrando cada vez que el sendero los confronta y les exige compromiso y humildad.

El riesgo de muchas de las búsquedas contemporáneas es querir construir una espiritualidad “a mi medida”. Esto es –en mi entender– como pretender conquistar la cima del Everest y rehusar la guía de un sherpa que conozca bien la ruta. Para hallar es indispensable tener una actitud de discípulo: acoger y perseverar. El ascenso es simple, pero escarpado.


Las cuatro imágenes del Maestro

Jesús usa cuatro imágenes muy sugerentes en relación a la actitud que debemos tener para que la búsqueda sea fructífera.

  • La primera es la de una mujer sencilla que, teniendo 10 monedas, pierde una de ellas. Para encontrarla debe encender la luz y ordenar el interior de su vivienda. Busca con necesidad y encuentra con alegría.

  • La segunda, un comerciante de perlas que dedica su vida a encontrar la de mayor valor. Esta persona tiene la determinación de quien conoce lo valioso, por lo que no se deja distraer con baratijas.

  • La tercera, una persona que encuentra un tesoro escondido. No podría comprar nunca el tesoro, pero vende todo cuanto tiene para hacerse dueño del terreno donde está oculto. ¡Qué paradoja esta! Para hacernos dueños de nosotros mismos es necesario renunciar a todo lo demás.


}Por último, ya no se trata de la iniciativa humana. Es la imagen de un pastor que pierde una de sus ovejas. Cuando esto ocurre, la oveja perdida comienza a balar para encontrar al resto del rebaño y, por esto mismo, se pone en riesgo de ser hallada primero por un depredador. El pastor, dejando su rebaño protegido, sale con celeridad a buscarla para salvar su vida.

Aunque muchas veces no seamos conscientes de ello, Dios nos busca con la premura del amor que nos quiere rescatar.


La búsqueda termina así: no tanto encontrando, como dejándose encontrar.


 
 
 

Comentarios


bottom of page