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Preparar y Disponer. Verbos para buscadores.

No podemos alcanzar a Dios. Sólo recibirlo. Nuestra tarea, por lo tanto, es ejercitarnos: hacernos disponibles para la acogida; y esto es el fin último de todas y cada una de las prácticas espirituales: ensanchar nuestra receptividad.

El reto de recibir y el cortocircuito del ego

Esto supone un reto mayor, porque se trata de ejercitar lo que más nos cuesta. Podemos constatar esta dificultad para recibir en la constante presencia de la frustración, que es la expresión del rechazo.

El rechazo brota del ego que reniega de lo que encuentra incómodo o considera inconveniente según sus planes. Al ego le gusta asentarse en la falacia de creerse el centro de todo, por eso, sin darnos cuenta, vivimos esperando que la realidad responda a nuestras expectativas y entramos en cortocircuito cada vez que no es así.

También nos rechazamos a nosotros mismos: bloqueamos nuestras sombras y repudiamos en los demás nuestros defectos y nuestras heridas. No terminamos de acoger nuestra propia historia ni nuestra debilidad.

Lo más crítico es que nuestro rechazo tiene una dimensión teologal: en la misma proporción terminamos rechazando a Dios. La receptividad, en cambio, tiene implícito este triple movimiento: acoger a Dios pasa por acogernos a nosotros mismos, acoger a los demás y acoger la realidad.

Hacerse pequeño: La puerta estrecha

Crecemos en acogida en la misma medida que ejercitamos la humildad, pues recibir es lo propio del corazón que se ha hecho pequeño; como un bebé en los brazos de su madre, todo lo recibe de ella: indefenso y confiado.

Ya lo dijo Jesús: “quien no se hace como un niño, no entrará en el Reino de los Cielos”. La puerta es diminuta: “estrecha es la puerta y angosto el camino”. Por eso, llamar a esta puerta con riquezas de alguna índole –materiales, intelectuales, sociales, etc.– es tan absurdo como pretender que un camello atraviese por el ojo de una aguja. Para entrar, debemos disminuir. Sobre esto escribió Unamuno:

Agranda la puerta, Padre, porque no puedo pasar; la hiciste para los niños, yo he crecido a mi pesar. Si no me agrandas la puerta, achícame por piedad.

La ascesis como un ejercicio intransferible

Ignacio estaba convencido de que de la misma manera como podemos ejercitar nuestro cuerpo, también debemos ejercitar nuestro espíritu. Así lo entendieron también los filósofos griegos y los primeros monjes cristianos que se retiraron en los desiertos de Siria y Egipto, y por esto se referían al camino espiritual con el término: ascesis, una palabra que era usada para describir las prácticas de los atletas y militares.

El ejercicio implica un esfuerzo, una tarea, una práctica. Nadie puede ejercitarse –ni el espíritu ni los abdominales ni la factorización de polinomios– solo escuchando a otros o leyendo sobre el tema. El ejercicio es intransferible. Este carácter intransferible de la práctica espiritual, Jesús lo ilustra con la parábola de las diez vírgenes (Mt 25, 1-13). En la antigüedad, cuando había una boda, ésta comenzaba cuando el novio salía a recoger a su nueva esposa en su casa; en el trayecto debían salir a su encuentro diez jóvenes, amigas o familiares de la novia, que acompañaban la procesión con antorchas encendidas.

Para mantener el fuego, era indispensable contar con vasijas de aceite adicional, pues de lo contrario la antorcha se apagaba al poco tiempo. Algunas de ellas alistaron este aceite, mientras que otras no.

Cuando finalmente se anunció la llegada del novio, las que no tenían aceite les pidieron a sus compañeras, pero ellas se negaron: el aceite no se podía compartir porque no alcanzaría para ninguna. Al final, por irse a comprar aceite terminaron llegando a la boda cuando las puertas estaban ya cerradas. Aunque caminemos con otros, cada uno debe transitar su propio camino, procurarse el aceite que le permita participar de la boda y su banquete.


Antesala al banquete: Preparar y disponer

Según Ignacio, lo que caracteriza el ejercicio espiritual es lo que persigue, en sus palabras: “preparar y disponer el alma”. Los dos verbos: preparar y disponer –que bien podrían aplicarse a las jóvenes y sus vasijas–, implican acciones que son la antesala a algo mayor.

Se prepara la cena y se dispone la mesa, pero esto no es el banquete. Igual en la agricultura: preparar y disponer la tierra, no es cosechar su fruto. Así las cosas, el ejercicio nos alista para poder recibir todo lo que Dios tiene preparado para nosotros.

Dios quiere comunicarse. Como bien lo dijo Ignacio, “el amor es comunicación” y Dios es amor; solo necesita que estemos atentos y lo queramos escuchar. Todos los seres humanos estamos capacitados para oír y acoger el Espíritu que nos habla.

Si ordenamos nuestra intención, callamos y atendemos, podremos abrirnos a la experiencia de lo divino. No se trata de una idea que otro pueda comunicarnos; no es la aceptación de un dossier de creencias que contienen la verdad. Es poder gustar y gozar de manera directa y en primera persona de la infinita bondad de quien es la fuente del amor.

La oración: Situarse bajo la mirada divina

Por lo mismo, la práctica central de la vida espiritual es la oración. Esto es, situarse y encontrarse bajo la mirada de la acogida incondicional del amor divino. Debemos conocer esa mirada porque ella nos conduce a la verdad.

Es una manera de mirar radicalmente diferente a la lógica de la mirada humana, siempre interesada en aparentar y agradar, distorsionada por nuestros miedos y dolores. La mirada de Dios nos espera y nos recibe: tal como somos, tal como estamos. Nada sana tanto el corazón como situarse con simpleza en la presencia de Dios y permanecer allí. En esta mirada despertamos del engaño de la autosuficiencia: pasamos de sostener a reconocer que somos sostenidos.

La oración se transforma en el camino. Antes de ser propiamente espiritual, es solo una colección de peticiones o agradecimientos; está todavía muy centrada en nuestros deseos y necesidades, además de ser, la mayor parte del tiempo, un simple monólogo. Pero en la medida en que profundizamos, la intención va cambiando hacia la escucha atenta.

Ya no solo buscamos lo que queremos o deseamos, sino que nos acercamos para tejer una relación. Por último, toda intimidad adquiere su culmen en la comunión del silencio: de las palabras pasamos a la presencia; de la reflexión, al silencio.

Los cuatro modos de regar el jardín

Según Santa Teresa –maestra y doctora en el arte de la oración–, al comienzo del camino orar demanda un esfuerzo de parte nuestra, similar a quien quiere regar un gran jardín usando solo una regadera; por momentos puede llegar a parecer una tarea ardua e incluso inútil y estéril.

Pero en la medida en que caminamos, pronto empezamos a constatar que no ha sido en vano el esfuerzo: los frutos comienzan a germinar. Descubrimos que la oración es alimento vital.

La oración se va volviendo, a la vez, una actividad más natural y simple; como si regáramos el jardín usando una noria y, más adelante, una acequia. Sin embargo, la plenitud de la oración es la pasividad total: la lluvia que riega todo el campo sin esfuerzo alguno de parte nuestra. Quietos en los brazos de Dios, la obra es solo suya.

Por lo mismo, la oración tiene diferentes modos y tonalidades. Ignacio habla de cuatro: examinar, meditar, contemplar, la oración mental y vocal –ya nos detendremos en cada una de ellas en una entrada futura–, pero hay tantas maneras de orar, como personas orantes.

No hay una manera correcta y mejor que aplique para todos los buscadores. Cada uno deberá aprender a reconocer aquello donde encuentra provecho y alimento para su corazón, porque es esto lo que marca la dirección por donde Dios nos está conduciendo.

Es probable que en algún momento del camino nuestro espíritu haya encontrado recogimiento y gozo en formas que hoy nos resultan difíciles o áridas. Incluso en cuestiones del Espíritu, el corazón debe saber, en la misma medida, acoger y soltar. Como en la respiración: inhalar y exhalar; quien quiere retener, se asfixia.

Este camino se debe transitar con atención y sin culpas. Así lo advierte San Juan de la Cruz al referirse a aquellas personas cuya interioridad las ha convocado a un simple estar y escuchar, pero que pueden llegar a sentir equivocadamente que esa experiencia no es oración, cuando en efecto lo es, y de muy alto grado.

Las otras operaciones: El cuerpo y los gestos

Si bien es cierto que la oración ocupa un papel preponderante en la vida interior, también hay otros ejercicios que ayudan a preparar y disponer el corazón para hacerlo más receptivo. Ignacio las llama las “otras operaciones espirituales” e incluyen prácticas muy diversas que nos muestran que es necesario que el ejercicio sea completo e incluya todas las dimensiones de nuestro ser.

En este sentido, el cuerpo no juega un papel secundario: la postura en la oración, la respiración, el sueño y descanso, la forma de tomar los alimentos o de privarse de ellos, etc.

Asimismo, Ignacio recomienda un especial cuidado con los gestos: la forma y el fondo no son dos realidades diferentes. No es que prescriba una serie de rituales que todos deben cumplir, es más bien que nos recuerda que los gestos dan sentido y significado. Nos invita a entrar en una ritualidad auténtica que ayude al corazón a situarse con reverencia bajo la mirada divina.

Moisés, por ejemplo, debió quitarse el calzado ante la zarza resplandeciente. Un gesto lleno de significado en diversas culturas y geografías. En la oración ocurre como en las relaciones románticas: no es igual si de regreso a casa le digo a mi esposa que paremos a comer algo, que si la invito a una cita romántica.

Podemos ir al mismo restaurante, pero tanto el lenguaje, como los preparativos hacen de la experiencia algo cualitativamente distinto. Los rituales son el romanticismo de la vida espiritual. Después de todo, preparamos y disponemos la casa, porque llega la hora en que llamarán a nuestra puerta; si abrimos, entrará el Hijo de Dios y comerá con nosotros.

 
 
 

1 comentario


Juan Buendía
Juan Buendía
hace 2 días

Gran enseñanza que sirve de guía a la vida espiritual 🙏🏼

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