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La mística de Pedro Claver: cuando la contemplación se hace caricia

hace 16 minutos
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A Pedro Claver se le tiene como un hombre de acción. Y lo fue: cuarenta años subiendo a los barcos, bautizando, curando, cargando naranjas y jarras de agua. Pero casi siempre pasamos por alto lo que hacía posible todo eso: una profundidad espiritual extraordinaria, que lo sitúa, en mi parecer, entre los grandes contemplativos en la acción.


Quiero proponer aquí una lectura de doble vía. Por una parte, que los Ejercicios Espirituales de san Ignacio son el camino indispensable para entrar en la mística de Claver. Por otra, que Claver es un intérprete radical de los Ejercicios: una parábola viviente que ilumina y expande el horizonte contemplativo ignaciano al encarnarlo en los escenarios más extremos de la miseria humana.

Porque los Ejercicios no son solo un conjunto de instrucciones para tomar buenas decisiones. Son un camino de iniciación a la vida contemplativa.

Un místico sin escritos

A diferencia de otros místicos, que dejaron por escrito sus vivencias, a Pedro Claver lo conocemos casi exclusivamente por los testimonios de quienes vivieron con él. Cuando murió, en la madrugada del 8 de septiembre de 1654, Cartagena entera supo que despedía a un santo. La iglesia se llenó de antorchas y de una multitud de esclavos, pobres y enfermos que se abalanzaron sobre el féretro; el gobernador se arrodilló a besarle los pies, que ya estaban descalzos porque alguien se había llevado sus medias y zapatos como reliquia. Le cortaron el cabello, las uñas, pedazos de la casulla. Todos querían quedarse con algo suyo.


Pocos años después de su muerte, ante la certeza de su santidad, la Iglesia de Cartagena recogió 154 declaraciones bajo juramento. Hablan jesuitas, médicos, señoras de la ciudad, esclavos, intérpretes. Gente que lo vio de cerca durante décadas.

Por ellos sabemos de la intensidad de su vida interior: un asceta de prácticas severas y un hombre de oración incansable.

El hermano Nicolás González, sacristán del colegio, cuenta que en las noches de tormenta, «como era tan temeroso», salía de su cuarto y se iba al del padre «como único refugio de su miedo». Y lo encontraba siempre en oración al pie de la cama, unas veces de rodillas y otras sentado sobre su pobre lecho, «las manos puestas delante de la cara, muy arrobado y casi fuera de sí, de manera que no notaba la presencia de este testigo ni lo oía cuando le hablaba». Se quedaba allí sin decirle nada, por no interrumpirlo, «algunas veces por dos horas o más, según lo que durara la tempestad». Muchas veces con el rostro rojo y encendido como fuego, y bañado en lágrimas de consolación.

El mismo hermano cuenta que el rector le había confesado haber visto a Claver en una postura tan extraordinaria durante la oración, que nunca había leído nada semejante en ninguna vida de santos. Nicolás le rogó muchas veces que se la describiera. ¿Postrado? ¿En cruz? El rector nunca quiso decírselo. Solo respondía «que no tenía palabras para expresarlo».

Los Ejercicios, en el centro

No es difícil intuir el lugar que ocuparon los Ejercicios de san Ignacio en la vida de Claver. Hizo el mes de Ejercicios durante su noviciado en Cataluña. Los profundizó en Mallorca de la mano de san Alonso Rodríguez, el hermano portero que conversaba con él un cuarto de hora cada noche. Y, según el testimonio de Nicolás González, fueron el eje de su oración hasta el final: «regulaba y ordenaba su oración según los Ejercicios de nuestro padre san Ignacio».

Quiero detenerme en cuatro aspectos concretos de los Ejercicios, para iluminar con ellos la espiritualidad del santo y dejar que el santo, a su vez, los ilumine: la mortificación, la contemplación de Cristo y la elección, la aplicación de los sentidos y la Contemplación para alcanzar amor.

1. La mortificación: un lenguaje del amor

Tal vez el punto más difícil de la mística claveriana; nuestro tiempo tiene una sensibilidad muy distinta a la del siglo XVII. Pedro Claver practicaba una ascesis extrema: ayuno permanente, un descanso precario sobre el suelo con una piedra como almohada, el calor de su celda con brasas, y otras prácticas que hoy nos resultan excesivas y desconcertantes.

En el itinerario ignaciano, la penitencia forma parte de las «otras operaciones espirituales». Ignacio le da tres sentidos: expresar la contrición, vencerse a sí mismo y disponer el corazón para recibir la gracia. Y pone dos límites claros: que se quite de lo conveniente, no solo de lo superfluo; y que dé «dolor y no enfermedad», sin deteriorar a la persona.

Bajo esa luz, la ascética de Claver es un ejercicio de libertad interior. Fue lo que le permitió amar en los contextos más incómodos; llegar a donde otros no llegaban a causa de la repugnancia o la incomodidad. Ante la negra Rufina, enferma de viruelas, cuando el estómago se le revolvió por la fetidez, se obligó a beber las secreciones para castigar su propia sensualidad, como también lo hicieron en su momento Francisco de Asís o el mismo Ignacio de Loyola.

Pero hay algo más. En Claver las prácticas ascéticas son actos de comunión y de solidaridad. Es la petición de la Tercera Semana hecha vida: «dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado».

Cuando se dejaba lacerar por las nubes de zancudos sin defenderse (decía que eran «animalitos de Dios»), cuando elegía aposentos llenos de ratas y murciélagos, cuando repartía sus propios manjares y se alimentaba con las sobras y con el pan de maíz de los esclavos, no hacía un simulacro de pobreza ni un masoquismo autorreferencial. Asumía la condición de los últimos. Una solidaridad absoluta que convertía la mortificación en lenguaje del amor y en un acto de comunión profunda con aquellos a quienes servía.

2. Contemplar a Cristo y elegir: pobrecito y esclavito

En el corazón de los Ejercicios, la contemplación de los misterios de Cristo y la elección van entrelazadas. Para Ignacio, es el conocimiento interno de Cristo el que va revelando al corazón cuál es su lugar en el mundo y cómo habitarlo en plenitud.

Ese conocimiento se recibe contemplando la vida del Señor, situándose ante ella «como si presente me hallase», para acoger el vaciamiento del Hijo de Dios, que se hace frágil y nace en la periferia de la historia. Quien desea buscar y hallar la voluntad de Dios tiene que recorrer él mismo la escalera de la pobreza espiritual, que es el mensaje central de Cristo en la meditación de las dos banderas, y configurar su corazón con Él según las tres maneras de humildad.

En la contemplación del Nacimiento, Ignacio invita a hacerse uno mismo «un pobrecito y esclavito indigno» que mira, contempla y sirve. Para Claver, eso fue la regla absoluta de su presencia en el puerto. Literalmente: firmó sus votos como esclavo de los negros para siempre.

}Lejos de abstracciones, su mística se encarnaba barriendo y lavando platos en los hospitales. Obedecía a enfermeros e intérpretes negros como a superiores. Los sentaba en las sillas con espaldar y él se acomodaba en un odre vacío, para cederles el honor. Y cuando lo reprendían por eso, respondía que él no hacía nada en aquel negocio, que eran los intérpretes quienes obraban en todo, y por eso debían ocupar el mejor lugar.


Al lamer las llagas de los abandonados, Claver ejecutaba la tercera manera de humildad: prefería ser tenido por «vano y loco por Cristo» antes que por sabio o dignatario de este mundo.

3. Los sentidos transfigurados: de la repugnancia a la caricia

Uno de los sellos del camino de los Ejercicios es el papel de los sentidos, los corporales y los espirituales. Tanto, que puede decirse que el itinerario ignaciano es una escuela que transforma la sensibilidad de quien lo recorre.

En el primer modo de orar, Ignacio propone conocerse examinando el uso de los cinco sentidos. En la meditación del infierno, los sentidos de la imaginación palpan la densidad trágica del pecado. Y en la Segunda Semana el método se transfigura: al cerrar cada día, se vuelve sobre los misterios contemplados para mirar, oír, oler, gustar y tocar. Ya no para examinar ni castigar, sino para gustar.

Hay dos indicaciones ignacianas que son centrales en Pedro Claver. La primera, sobre el tacto: Ignacio invita a besar y abrazar los lugares donde estuvo el Señor. La segunda, sobre el olfato y el gusto: «oler y gustar la infinita suavidad y dulzura» de la divinidad.

Al besar llagas purulentas y envolver en su manteo cuerpos ulcerosos, Claver transfiguraba la repugnancia en devoción. Besó y alivió en ellas las llagas de Cristo, en donde se encuentran todas las heridas del género humano. Es el beso que indica Ignacio en los santos lugares donde está presente el Señor.

Lo que más impresionó a los testigos fue su actitud ante los olores pestilentes de los barcos y de los cuartos de los enfermos. Lo describen «como si estuviera en un jardín de flores», o como si aquel humor perfumara «más que los lirios y las rosas». Un intérprete, José Monzolo, cuenta que se ponía el manteo manchado por los enfermos «con gran gusto y alegría, como si estuviera lleno de lirios y de rosas muy olorosas».

Los testigos presenciaron cómo Claver llegó a oler y gustar la "infinita suavidad de la divinidad".

4. Alcanzar amor: más en las obras que en las palabras

Los Ejercicios son un camino de apertura a la vida contemplativa. Las operaciones de la oración van cambiando: se pasa de una oración más reflexiva, la meditación de la Primera Semana, a lo que Ignacio llama «la contemplación de los misterios de la vida de Cristo».

En la Contemplación para alcanzar amor se da otro paso decisivo: se dejan atrás las representaciones de Cristo en la conciencia para encontrarse con Él, sin mediación, en el corazón de lo real. Es la experiencia del propio Ignacio a orillas del Cardoner. La petición de ese último ejercicio revela la clave de la libertad y la plenitud humana: «conocimiento interno de tanto bien recibido, para que yo, enteramente reconociendo, pueda en todo amar y servir a su divina majestad».

Si algo comunica la vida de Claver es la máxima ignaciana que abre esa contemplación: «el amor se debe poner más en las obras que en las palabras».

Subía a los navíos cargado de dulces, naranjas, limones, tabaco y jarras de agua. Abrazaba y acariciaba a los recién llegados, dándoles la bienvenida con gestos de amor antes de cualquier catequesis. A los enfermos les entregaba regalos con su propia mano y les ponía «los bocados en la boca» para consolarlos. Solía decir que a esta gente había que hablarle primero con las manos y después con la lengua.

Sus obras brotaban del conocimiento interno del amor trinitario: un Dios que en todas las cosas habita, trabaja y labora; que en todas se entrega y se vacía.

Cuenta el hermano Nicolás que, pocos meses antes de morir, Claver le confió un episodio de su juventud con el hermano Alonso Rodríguez: una vivencia mística de la Trinidad, un día cualquiera, en la puerta del colegio de Mallorca. Incluso entonces, conmovido hasta las lágrimas, le costaba hilar las palabras para referirse a tanta suavidad y dulzura. Cerraba los ojos y se llevaba las manos de la cabeza al pecho, una y otra vez. Nos cuentan que esa dulzura lo acompañó toda la vida.

El legado de Pedro Claver nos recuerda que la mística ignaciana alcanza su cima cuando la contemplación se hace caricia.

Buscar y hallar a Dios en todas las cosas consiste, al final, en reconocer que la mayor suavidad divina se gusta y se abraza en la carne sufriente del hermano.

 
 
 

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